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2008-12-03
Tu cara me suena
Si todo el mundo dijera siempre la verdad no tendríamos amigos, los países vivirían todo el tiempo en guerra y no habría congresos de poesía o arquitectura. Por lo tanto, hay que decir la verdad mintiendo un pelín o hay que mentir sin faltar a la verdad. En eso consiste la educación
Esa persona que nos saluda cariñosa y de sopetón en una reunión, una calle o cualquier lugar concurrido. En aquel momento uno desea que se abra la tierra y nos trague, sobre todo cuando nos pregunta con los ojos redondos, como personaje de dibujo japonés: «¿No sabes quién soy?».
La memoria es caprichosa, pues uno recuerda muy bien al pesado del instituto que no vemos desde hace siglos, pero somos incapaces de recordar a esa persona tan amable que nos presentaron hace dos meses en una cena, una conferencia o una boda. Por eso soy de los que piensan que la amnesia total no existe, porque nadie se olvida de cómo usar los cubiertos, para qué sirve el papel higiénico y que un billete de 100 euros no es una envoltura de chocolatina.
Sin embargo, esa persona que nos pregunta impaciente «¿No sabes quién soy?», puede pensar que somos unos malcriados, que pasamos de ella o que vamos por la vida sin reparar en los demás. Por otro lado, si esa misma persona es insegura o tiene la autoestima por los suelos, también es capaz de pensar que es insignificante, que su rostro es súper corriente o que nadie le presta la menor atención. Y como cualquiera de esos razonamientos es de lo más chungo, es imprescindible tener un botiquín de primeras respuestas para cuando alguien que no sabemos quién es nos pregunte si sabemos quién es.
La más socorrida de las opciones es la consabida «Tu cara me suena». Algunos piensan que esa muletilla abre una rendija para que la otra persona nos diga su nombre y crea que sólo nos ha refrescado la memoria, pero yo barrunto que la cosa es al revés. Es decir, que esa persona nos ha saludado porque pensaba que la puerta estaba abierta y responder «Tu cara me suena» sí que es entreabrir una estrecha rendija o –peor todavía- un portazo en toda regla. Encima, la otra persona siempre se queda pensando: «¿A qué sonará mi cara?».
La segunda opción consiste en echarse la culpa -«Soy de lo peor», «El estrés me está matando» o «No me sé ni el dígito de control de mi cuenta corriente»-, pero aquellos lamentos tampoco remedian nada, porque esa persona no sólo se ve en la tesitura de decirnos su nombre, sino además quién nos presentó, dónde nos conocimos, en qué circunstancias y «a qué dedica el tiempo libre», como decía Perales. Para que el horror sea perfecto, uno saca el móvil y sentencia: «Ahora te anoto en la agenda y ya no te olvidaré jamás». Nunca falla: esa persona ya estaba en nuestro móvil.
La tercera y más arriesgada salida, consiste en fingir. «¡Dios mío, no sabes cómo me alegro de verte!». Esta estrategia requiere complicadas fórmulas retóricas, pues hay que hablar con mucha seguridad sobre presuntos amigos comunes, inexistentes viajes apócrifos y fiestas a donde nunca fuimos invitados, con alguien que no sabemos quién es, cuyo nombre no recordamos y que quizás no hemos visto en nuestra puñetera vida. Y como antes se coge a un mentiroso que a un cojo, sugiero espantar al ínclito contándole que le debemos dinero a todo el mundo, que no llegamos a fin de mes y que llevamos un mes viviendo del sable.
La cuarta respuesta es la del electroshock. «Perdona, pero no sé quién eres». En realidad es la verdad, pero nadie quiere escuchar la verdad. Haga usted la prueba de decirle a alguien: «¿Quieres que te diga la verdad?», y verá cómo a nuestro interlocutor se le demuda la expresión mientras susurra: «Bueno, sí, por favor». Por lo tanto, no hay como decir la verdad para no volver a ver a otra persona nunca jamás en la vida.
Si todo el mundo dijera siempre la verdad no tendríamos amigos, los países vivirían todo el tiempo en guerra y no habría congresos de poesía o arquitectura. Por lo tanto, hay que decir la verdad mintiendo un pelín o hay que mentir sin faltar a la verdad. En eso consiste la educación. La próxima vez que alguien que usted no reconozca le pregunte «¿No sabes quién soy?», abrácela con cariño y devuélvale la pregunta: «¿Tú también has perdido la memoria?».