| 2008-04-09 |
| Una doctrina sobre la independencia |
| Si tibetanos, kosovares o palestinos hubieran sido tratados como gallegos, vascos o catalanes, seguro que no tendrían ninguna necesidad de independencia. Más bien, los nacionalistas de Galicia, Cataluña y el País Vasco se parecen a los bolivianos: una alianza de empresarios, terratenientes, sindicalistas y guerrilleros reciclados. |
| Mientras redacto estas líneas, los activistas tibetanos continúan recogiendo simpatías y solidaridades a favor de su independencia. Mientras tecleo en mi ordenador, Rusia digiere con menos asco la independencia de Kosovo. Mientras escribo este artículo, cuatro de las nueve provincias de Bolivia (Beni, Tarija, Pando y Santa Cruz) han convocado sendos referendos para decidir si continúan bajo la autoridad del gobierno central de La Paz. Mientras busco información para reforzar mis argumentos, la creación del Estado Palestino sigue siendo una asignatura pendiente en Oriente Medio. Es decir, que mientras termino este primer párrafo, he podido citar de corrido cuatro escenarios que tienen en común la cuestión independentista. ¿Cuál es nuestra posición internacional ante cada uno de esos casos? ¿Existe una doctrina de consenso ante todos los movimientos de independencia? Creo que un gran número de ciudadanos españoles ve con simpatía la causa de tibetanos y palestinos. También pienso que una mayoría de ciudadanos españoles no está de acuerdo con la independencia de Kosovo. Y por último, creo que casi la totalidad de ciudadanos españoles ignora por completo lo que ocurre ahora mismo en Bolivia. Sin embargo, para cada una de esas realidades deberíamos tener una posición internacional clara y rotunda, que no dependa de lo que piensen nuestros partidos nacionalistas o de los atentados que pueda perpetrar la banda terrorista ETA. Hay países muy extensos –como los Estados Unidos- donde no hay tendencias centrífugas de naturaleza independentista, y países más bien pequeños -como España- donde no sólo hay regiones que desearían convertirse cada una en un país distinto, sino comunidades que si pudieran embalsarían sus ríos para no tener que compartir el agua con nadie. Entre un extremo y otro está el caso de Canadá, que neutralizó los delirios separatistas de su minoría francófona con las consultas de 1980 y 1995, donde los independentistas tuvieron que resignarse a su derrota. ¿Qué hacemos nosotros para contrarrestar las demandas de los separatistas? Negociar privilegios, conceder subsidios y consentir desigualdades. ¿Y con qué resultados? Sospecho que deplorables, porque los nacionalistas nunca están conformes y cada vez exigen más. Cuando los estados centrales se limitan a garantizar unas reglas de juego claras e iguales para todos, los individuos de todas las regiones del país pueden apreciar las ventajas que conlleva compartir el mismo marco institucional. Por contra, cuando unos ciudadanos son favorecidos y otros penalizados, cuando unos disfrutan de mejores servicios públicos que otros y cuando se entroniza la persuasión de que unos crean riqueza y a otros se les permite disfrutarla sin trabajar, entonces la disidencia y la insatisfacción buscan sus propios cauces de expresión. En nuestro caso, los nacionalismos de distinta intensidad. ¿Qué le hace creer a los independentistas radicales de Francia, Italia o España, que sus proyectos de países son viables en un contexto de gravísima recesión internacional? ¿Por qué piensan que la Unión Europea podría volcarse con ellos, precisamente ahora que lo que urge es integrar a los nuevos miembros que provienen de los escombros del Pacto de Varsovia? ¿Qué tipo de gobiernos formarían esas burguesías nacionalistas y conservadoras con todos esos extremistas trasnochados de leninismos nacionalistas? No es lo mismo saltar con red que sin red, y la crisis económica mundial les ha quitado la red. Si tibetanos, kosovares o palestinos hubieran sido tratados como gallegos, vascos o catalanes, seguro que no tendrían ninguna necesidad de independencia. Más bien, los nacionalistas de Galicia, Cataluña y el País Vasco se parecen a los bolivianos: una alianza de empresarios, terratenientes, sindicalistas y guerrilleros reciclados. Necesitamos saber si tenemos una doctrina al respecto. |